JORNADA MUNDIAL DE
LA JUVENTUD
UNA EXPERIENCIA DESBORDANTE
Por: Alexander Báez Mora

Desde mi condición de seminarista deseo compartir con todos
ustedes, queridos lectores, algunas de las inolvidables experiencias vividas en
Australia durante
la
Jornada Mundial
de
la Juventud
2008. Este magno evento tiene singular
importancia dentro de
la Iglesia Católica
, ya que muestra que la fe en
Cristo está revestida de una fuerza capaz de trascender las fronteras
territoriales, lingüísticas y culturales para dar paso a lo que bien podría
denominarse una” red universal del amor en Cristo”. Dicha red estaba ya prefigurada por un
pequeño grupo colombiano que se preparó asiduamente para este suceso universal
y con el cual tuve la oportunidad de peregrinar. El nombre de este grupo, “tejedores de fe”, es de por sí
sugestivo, ya que muestra que nuestra opción por Cristo supone un esmero
continuo con miras a obtener un “tejido vivificante”, cuyo resplandor dé
testimonio del reino de justicia y de amor que Dios tiene reservado para los
que lo aman.
La aventura comienza con una fusión de sentimientos de
ansiedad, alegría y algo de temor, al tener que enfrentar el viaje más largo
que alguien pueda hacer desde Colombia. Cerca de 24 horas de vuelo, sin contar
el tiempo adicional que hay que pasar en muchos aeropuertos, dejan ver la
distancia que nos separa de aquella continental y paradisíaca isla. Al
aterrizar en Sydney, puede sentir la brisa fría de invierno que bajo un pálido
sol golpeaba suavemente mi rostro. Sentí
que esto sería el presagio de la fuerza del Espíritu Santo que descendería
sobre cientos de miles de jóvenes con los que en días sucesivos tendría la
oportunidad de conformar una asamblea tan grande como ninguna sobre la
superficie terrestre.
Me aprestaba en seguida para algunos días de pre-jornada en
la diócesis de Newcastle muy cerca de Sydney, cuyo territorio da testimonio de
la obra de Dios por la majestuosidad de
sus bosques y playas, el ímpetu de su
océano y la tranquilidad de sus lagos.
Allí se sucedieron muchos eventos de tipo religioso, cultural, artístico,
familiar y deportivo que lograron integrar las delegaciones del mundo ubicadas
en este sector de Australia. El folclor y la algarabía de los peregrinos de
Zimbabwe y de algunas islas de Oceanía, se mezclaban con los cantos de coros
australianos, haciendo de la liturgia un acontecimiento capaz de transportar a
todos los peregrinos a la esfera de lo celestial. De otro lado, el teatro, la
danza y los grupos de música católica mostraron muy bien que la belleza
artística se constituye en lenguaje universal del amor de Cristo y permite que
todas las banderas, incluido nuestro entrañable tricolor, se agiten con la
fuerza del profundo sentimiento de satisfacción de sabernos todos miembros de
un mismo cuerpo:
la Iglesia.
Este sentimiento de unidad, que inundó mi ser y el ser de
todos los peregrinos, nos permitió derribar las barreras de la lengua y así
poder manifestarnos mutuamente algunas cosas referentes a nuestros países de
origen y nuestras culturas. Veía con beneplácito y fascinación cómo un evento de esta magnitud permite tejer redes
de amistad a través del globo terrestre. Me impactó particularmente el
testimonio de una joven proveniente de
China, que mostrando siempre su bandera roja estrellada, me manifestó con un
inglés fluido que no se sentía sola al ser la única de su país presente en ese
instante, ya que sentía la compañía de Cristo y de
la Iglesia.
Y qué decir de la hospitalidad de la familia que nos acogió
como huéspedes. Su generosidad, su apertura y su amistad son el mejor
testimonio evangélico que haya podido recibir.
Llegado el momento del regreso a Sydney para dar comienzo a
la jornada, nuestra delegación de 500 peregrinos debió hospedarse en un
colegio. Desde allí nos dirigíamos al punto de encuentro para la celebración de
la Misa
de
apertura, presidida por el cardenal George Pell. Allí ya estaban presentes
todas las delegaciones del mundo bajo un cielo semidespejado, sobre el cual
sorpresivamente fue dibujada la palabra “WELCOME” por un audaz piloto que con
su avioneta trazaba lentamente las líneas de humo de cada una de las letras que
simultáneamente quedaban trazadas en mi memoria para siempre.
En los días sucesivos a
la Eucaristía
de
inicio, pude participar junto con todos los peregrinos compatriotas de las
catequesis impartidas por obispos de habla hispana, entre los cuales estaba
nuestro cardenal Pedro Pubiano y monseñor Ismael Rueda. Todo esto hacía parte
de la preparación para el día de la vigilia con el Santo Padre.
El primer acercamiento del Papa con los jóvenes del mundo se
hizo mediante el recorrido del barco papal a lo largo de
la Bahía
de Sydney, en
cuyas orillas se escuchaba incesantemente su nombre con gritos de aclamación.
El segundo encuentro fue el día de la vigilia en el hipódromo de Randwick a
donde llegamos después de haber caminado durante cerca de tres horas en medio
de ríos de juventud. Finalmente, el día 20 de julio tuvo lugar
la Misa
de clausura. Yo era
consciente de que estas celebraciones serían únicas en mi vida, así que me
dispuse a escuchar cada una de las sabias y profundas palabras que el Papa
tenía preparadas para nosotros. Se sentía una atmósfera de paz y de
recogimiento interior en medio de esa inmensa ciudad humana en la que se había
convertido el hipódromo. La noche serena y fría era testigo del descenso del
Espíritu Santo sobre la multitud de jóvenes, como si tratase de un nuevo
cenáculo. Era ese mismo Espíritu el que, como decía el Papa en la homilía de
la Misa
de clausura “nos
habilita para ser sal y luz en nuestro mundo; nos permite construir un mundo en
el que la vida sea respetada y en el que el amor sea puro, fiel e irradie
alegría y belleza”.
Después de todo este regalo precioso que Dios me dio en esta
inolvidable jornada, no me quedó más que acoger con ferviente deseo el encargo
que el Papa me hizo como peregrino: “haz fructificar los dones que Dios te ha
dado siendo testigo fiel de su palabra con tu ejemplo”. Aunque sé que esta tarea no es fácil, sé que cuento con la
fuerza del Espíritu para realizarla y con
el testimonio de cientos de jóvenes alegres y cordiales, que muy seguramente
estarán ahora a lo largo y ancho de los cinco continentes mostrándole al mundo
que ser católico es la más apasionante de las aventuras.
Para concluir, sólo quisiera decirles que es demasiado
pretencioso comunicar una idea justa de lo que es una Jornada Mundial de
la Juventud
en tan pocas
líneas, más aún cuando un acontecimiento de esta magnitud está tan colmado de
emociones, sentimientos y momentos de recogimiento tan profundos, que el
intento de describirlos no logra más que desfigurarlos. Es por eso que yo
desearía que muchísimos más jóvenes colombianos pudieran tener la oportunidad
de experimentar por sí mismos un acontecimiento de fe de esta magnitud. El Papa
ya hizo la invitación para que en el 2011 nos congreguemos nuevamente en España
y yo los animo para que empecemos a trabajar por este nuevo sueño,
asegurándoles que es algo de lo cual jamás se van a arrepentir.
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