DISCERNIRSE SIGNO DE
LOS TIEMPOS
Daniel Arturo Delgado Guana, Pbro.
Cuando el Papa Juan XXIII propuso al secretario
de estado, Monseor Tardini, las metas que se haba fijado para
su pontificado: snodo romano, concilio ecumnico y aggiornamento,
la Iglesia entera asisti al nacimiento de un nuevo tiempo gestado
por el aliento del Espritu y por la evidente sensibilidad humana
del entonces nuevo Pontfice. El Papa manifest su preocupacin
por la tentacin de la Iglesia de asumir un papel expectante
ante la grave crisis de la humanidad: “Un nuevo orden
se est gestando y la Iglesia tiene ante s misiones inmensas
como en las pocas ms trgicas de la historia”
[1] , a su vez alert sobre el peligro de asumir una marcha
paralela al acontecer de la humanidad. La Iglesia no puede
continuar siendo una asistente pasiva ante el espectculo de
la humanidad en crisis, su tarea consiste en comunicar a los
hombres, o mejor an, en inocular en las venas del gnero humano
la virtud perenne y divina del Evangelio
[2]. La humanidad entera, sometida a un estado de grave
indigencia espiritual y la Iglesia, pletrica de vitalidad,
estn llamadas al encuentro, a la convergencia, abandonando
actitudes y posiciones paralelas y para ello, agreg el Papa,
es necesario que la Iglesia revale el sentido de la vigilancia
y de la responsabilidad de cada uno; vigilancia para no caer
en pesimismos infructuosos y responsabilidad para asumir el
papel transformante de las estructuras del mundo presente.
Contra los “profetas de desventuras” siempre atentos
a sembrar el mundo de desesperanzas y del temor de un fin catastrfico
a la puerta, el Papa exhort a la Iglesia a mirar con optimismo
hacia la historia de los hombres, pues es all en donde germinan
las semillas del reino “Haciendo nuestra la recomendacin
de Jess de saber distinguir los signos de los tiempos, creemos
descubrir en medio de tantas tinieblas numerosas seales que
nos infunden esperanza sobre los destinos de la Iglesia y de
la humanidad”
[3] .
Ponerse al da, abrir las ventanas, asomarse
al mundo, posibilitar la entrada de un aire nuevo en la Iglesia, son
expresiones que manifiestan la innegable necesidad de tomar mayor
contacto con la realidad humana actual para responder con la luz del
Evangelio y la fuerza del Espritu a las mismas. Ponerse al da ‘en
cuestiones de humanidad’ significa volver al sentido fundacional de
la Iglesia, conduce a reencontrar la tarea primordial, desemboca en
el redescubrimiento del propio ser y de la propia misin en el mundo.
El Concilio as lo entendi y as lo expres “Hay que salvar a la
persona humana y renovar la sociedad humana” (GS 3) y para
ello es necesario asumir una mirada inteligente, crtica, esperanzada,
de la cual ya haba hablado el Papa en la convocacin conciliar:
La visin de la crisis de la humanidad impresiona y desilusiona a
muchos que slo ven en estas circunstancias tinieblas, sin embargo,
siguiendo la recomendacin de Jess de distinguir los signos de los
tiempos, en medio de todo se vislumbran indicios de tiempos mejores
no slo par la humanidad sino para la Iglesia
[4] .
Ponerse al da fue el motor espiritual del
Concilio. La aceptacin de esta exhortacin acogida y hecha dinamismo
de actualizacin por los Padres conciliares condujo a fijar la mirada
en primer lugar en el misterio de la Iglesia como prembulo fundamental
para poder declarar, como efectivamente lo hicieron ms adelante,
que no hay nada verdaderamente humano que no encuentre resonancia
en el corazn de la Iglesia (Cf. GS 1). Se trataba de articular
la doble realidad de la Iglesia visible e invisible, divina y humana,
institucional y espiritual, nacida del costado abierto de Cristo y
dirigida a los hombres, sancta et semper reformanda. La Iglesia
emerga como primer signo llamado a ser objeto de una mirada crtica
y misericordiosa con la ayuda de las ciencias y bajo la luz de la
fe.
Sin embargo, la voluntad eclesial no se agot
en el anlisis de s misma, aunque ampliamente fuese tratada su naturaleza
y su papel en el mundo. La Iglesia condujo su atencin tambin a
la lectura crtico - creyente de la realidad social, econmica, poltica
y religiosa del mundo presente. Se trat en, tal sentido, de leer
entre la multitud de los fenmenos sociales y eclesiales, los signos
de la presencia del reino, como signos de esperanza y evidencia de
la presencia viva y operante de Cristo distinguindolos al tiempo
de los signos del mal con la intencin de iluminar las inquietudes
y los dramas, los sueos y las aspiraciones de la humanidad. Para
cumplir esta misin la iglesia tena el deber permanente, de escrutar
a fondo los signos de la poca e interpretarlos a la luz del Evangelio,
de forma que, acomodndose a cada generacin, pudiera responder a
los perennes interrogantes de la humanidad sobre la vida presente
y de la vida futura y de la relacin de ambas. Era entonces necesario
conocer y comprender el mundo del hombre actual, sus esperanzas, sus
aspiraciones y el sesgo dramtico que con frecuencia le caracterizaba.
(Cf. GS 4).
La tarea evanglica de discernir los signos
de los tiempos, puesta dentro de las prioridades de la hermenutica
y de la praxis de la Iglesia no slo exige un renovado sentido de
fe, apertura a las ciencias, juicio prudente y comunin eclesial,
sino precisin y clarificacin conceptual, de aqu que sean, ineliminables
las preguntas sobre el discernimiento, sobre la naturaleza de los
signos y sobre las consecuencias que se deben seguir del ejercicio
interpretante del creyente. Respondiendo a estos interrogantes, la
comunidad cristiana, interpreta a la luz del Evangelio y del Magisterio
de la Iglesia, los signos epocales y se hace responsable de las opciones
concretas y de su efectiva actuacin ante las interpretaciones que
las circunstancias cambiantes le presentan. (Cf. Puebla 473);
As pues, plantemonos las siguientes cuestiones: Cmo entender
el discernimiento de los signos? puede equipararse el discernimiento
a un ejercicio semitico sin ms, al estilo clsico, aplicando los
procesos de interpretacin mental a la realidad fenomnica para asignar
a la misma una explicacin que termina por llamarse significado?
En la bsqueda de claridad conceptual, conviene
aclarar, en primer lugar que el discernimiento, como es tratado en
esta revista temtica no es el tpico “juicio que produce la mente
al declarar la diferencia entre una cosa y otra”, que es la definicin
ms comn y ni siquiera como la conclusin raza de un ejercicio interpretante
sobre un significante. El discernimiento aqu planteado tiene una
connotacin especfica de espiritualidad, es decir, es el discernimiento
que se realiza dentro de la Iglesia, con la ayuda de las ciencias,
a la luz de la fe y bajo el impulso del Espritu Santo, y es considerado
desde diferentes tpicos porque el discernimiento adquiere diferentes
matices segn el objeto al que sea dirigido: lo espiritual, lo vocacional,
lo apostlico, lo moral, lo sgnico-epocal. Hecha la salvedad se
puede hablar del discernimiento como el ejercicio interior que realiza
el creyente para formarse un juicio prudente sobre un tpico concreto
de la vida humana, el cual es tenido como “instrumento y lugar”
del acontecer de Dios. Dado que comporta un juicio prudente, el discernimiento
es un obrar de la conciencia iluminada por la virtud de la prudencia
y se encamina por lo mismo a la accin libre del ser humano, de modo
que, el discernimiento no es un contemplar inclume, sino un ejercicio
interior que, conduce al descubriendo la voluntad de Dios y que compromete
el actuar del sujeto que lo realiza.
Ahora bien cmo se define la expresin “signos
de los tiempos” que con tanta insistencia la Iglesia llama a discernir,
repitiendo las palabras de Jess mismo? En general pueden definirse
estos como “acontecimientos histricos que crean un consenso universal,
por los que el creyente (en discernimiento) es confirmado en la verificacin
del obrar inmutable y dramtico de Dios en la historia, y el no creyente
se orienta hacia la individuacin de opciones cada vez ms verdaderas,
coherentes y fundamentales a favor de una promocin global de la humanidad.”
[5] .
Los acontecimientos histricos se refieren,
segn Rino Fisichella no a cualquier hecho, sino a aquellos que por
su trascendencia pueden ser considerados “acontecimientos”, es decir
que constituyen verdaderos hitos histricos, piedras miliares, puntos
de referencia para la comprensin de la historia en un perodo concreto.
Su significacin conduce a que los signos de los tiempos, como acontecimientos
tengan una dimensin epocal [6] . Por la misma razn de adquirir
connotacin de acontecimiento, los signos de los tiempos deben alcanzar
un consenso universal es decir, deben expresar una caracterstica
de universalidad, deben ser percibidos, adems por todos y en todas
partes por su sentido ms genuino y deben estar en capacidad de mover
la conciencia y la conducta en cuanto llevan a diferentes tomas de
posicin y al compromiso desde la fe o hacia la fe ya sea el sujeto
creyente o no creyente.
En razn de que son signos, estos acontecimientos
histricos, tienen por naturaleza comunicar, a travs del mecanismo
de la representacin, los datos que revelan la presencia del reino
y su dinamismo en la historia. El ejercicio del discernimiento, propiamente
dicho [7] , es cosa del hombre creyente y el ejercicio
interpretativo - semiosis - reclama perspicacia racional, solidez
de fe y juicio prudente para descubrir por una parte la verdadera
condicin de los signos para representar el obrar de Dios, pues no
todo puede ser considerado expresin de la voluntad divina aunque
la tendencia general proponga interpretar por la va del contraste
- semitica reactiva - el querer de Dios, por otra para comprender
lo que ellos transmiten del objeto representado. Tambin, dada su
naturaleza, los acontecimientos histricos que por su trascendencia
pueden ser considerados signos de los tiempos, tienen capacidad de
vincular al hombre creyente con el objeto al que representan y en
los cuales este se actualiza continuamente; esto significa que dentro
de los signos tiene lugar un dinamismo continuado de actualizacin
que los hace representativos para el interpretante mental en donde
se genera por el ejercicio de interpretacin un nuevo signo interpretante.
De esta manera, el hombre creyente, como intrprete de los signos
de los tiempos deja de ser un simple observador externo que pone definiciones
a los fenmenos por va de un ejercicio mental, para convertirse a
la vez por el ejercicio de la semiosis, en un nuevo signo del mismo
objeto inicial.
Este ejercicio interior de acercamiento
a los fenmenos externos, en particular a aquellos datos histricos
que alcanzan la caracterstica de signos de los tiempos, a la luz
de la fe y bajo la gua del Espritu Santo, para confirmar y verificar
como creyentes el obrar inmutable y dramtico de Dios en la historia
de la humanidad y asumir el papel, que como miembros de la Iglesia,
comporta esta confirmacin, es lo que puede considerarse como
discernimiento de los signos de los tiempos.
Los signos de los tiempos no son la “Palabra
de Dios” sino “signos” que desvelan el actuar de Dios y su voluntad.
As como los datos de un problema de matemticas no son la solucin
y la respuesta sino que esta debe ser hallada mediante las operaciones
adecuadas, as mismo la voluntad de Dios se descubre a travs de los
acontecimientos, sin que estos sean identificados con la voluntad
de Dios, como se pretende en algunas confesiones religiosas o como
suele hacerlo el hombre dbil en la fe. Los signos de los tiempos
constituyen mensajes de Dios para el hombre de nuestro tiempo cuando
estos, ledos a la luz de la fe y bajo la gua del Espritu, manifiestan
las exigencias o necesidades espirituales, nuevos valores o particular
nfasis en los valores tradicionales
[8] .
Concluyendo
Cuando los Padres conciliares aplicaron a
la Iglesia la especfica identidad de signo e instrumento de la comunin,
introdujeron la hermenutica eclesiolgica posterior en el campo de
la semitica ontolgica. En efecto, la Iglesia es interpretante de
los signos de los tiempos por mandato divino, a la vez que es signo.
La Iglesia es un referente para la humanidad que debe contemplar en
su faz el resplandor de Cristo. La Iglesia es signo que interpreta
y signo interpretado por sus miembros y por el mundo al que ha sido
enviada [9] y en su comprensin una nueva
hermenutica, un nuevo discernimiento de s misma, ha planteado el
Concilio. No es fortuito, entonces que en un
mundo que se decanta por los intrincados meandros de la comunicacin
y sus complejas estructuras semiticas, la Iglesia se redescubra y
se revale en su ser como “signo” ante la humanidad, por la cual
es interpretada, para que esta (la humanidad), en su lugar de interpretante,
entre en relacin con el objeto significado y se constituya a la vez
en signo del mismo objeto. El esbozo anterior evidencia la necesidad
de apropiar este compromiso que brota de la fe: el creyente es continuamente
invitado a ser signo que discierne los signos de los tiempos. Discernir
es un deber que va ntimamente ligado con el significar, que no es
slo un ejercicio de inferencias deductivas, ni un empeo mental conducente
a producir argumentos demostrativos, es esto y a la vez un acto de
fe, un acto vital que nace de la conciencia de ser Iglesia, es un
propsito que busca esclarecer el rostro de Cristo que debe brillar
en ella.