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UNA APUESTA
A LA PEDAGOGA PARA LA PAZ

Cuando una comunidad se siente herida,
la guerra puede comenzar”

Amin Maalouf

Hace ya cuarenta aos que Juan XXIII, el as llamado “Papa Bueno”, dirigi a toda la Iglesia Universal y a todos los hombres de buena voluntad su Carta Encclica Pacem in Terris, por medio de la cual exhortaba a reestablecer las relaciones de convivencia en todo el mundo basndolas en la verdad, la justicia y el amor.

Al volver sobre esta Encclica se puede notar que aquello que se perciba en ese momento como “signos” de los tiempos, hoy se verifica, en algunos casos y no sin contradicciones, como grandes logros y realizaciones. La carta de los derechos fundamentales del hombre, por ejemplo, ha trado consigo ulteriores desarrollos, profundizaciones y explicitaciones, hasta el punto de hablarse ahora de distintas generaciones de los derechos humanos. Pero, por otra parte, situaciones tales como la carrera armamentista y el dao al planeta, han adquirido manifestaciones todava ms crticas y alarmantes.

No obstante, los complejos y paradjicos cambios en el mundo contemporneo, se puede reconocer que el ncleo de las afirmaciones de Juan XXIII resulta significativo para hoy; de ah que ste pueda ser retomado para repensar e iluminar nuestra situacin presente.

Juan XXIII seala en su Encclica cmo el orden maravilloso del universo contrasta con el desorden que reina entre los individuos y entre los pueblos; parece que sus relaciones no pudiesen regirse sino por la fuerza.

La realidad casi crnica del conflicto armado en Colombia, la reciente guerra de los Estados Unidos contra el rgimen en Irak, confirman la anterior apreciacin del Papa, con la circunstancia agravante de que la autoridad pblica mundial que l haba reconocido y sealado como camino para examinar y dirimir los problemas que plantea el bien comn universal, la ONU, ha sido ignorada por la superpotencia Norteamericana.

Hoy tendramos que reafirmar, con el “Papa Bueno”, que las relaciones entre los hombres son de otro gnero distinto a las leyes que rigen las fuerzas y los seres irracionales que constituyen el universo; que el orden que debe reinar entre los seres humanos tiene su fundamento en el principio de que todo ser humano es persona, sujeto de deberes y de derechos naturales universales e inviolables, absolutamente inalienables; que las mutuas relaciones de los pueblos se deben ajustar a un equilibrio ms humano fundado sobre la confianza recproca, la sinceridad en los pactos y la fidelidad para cumplir lo acordado.

No se puede justificar, afirma Juan XXIII, el propsito de hacer valer la propia superioridad para sojuzgar de cualquier modo que sea a los otros. No existen seres humanos superiores por naturaleza sino que todos los seres humanos son iguales en dignidad natural. No existen diferencias naturales entre comunidades polticas. Todas son iguales en dignidad natural.

No podemos desconocer, adems, que el mundo est lleno de comunidades heridas que sufren persecucin, o que conservan el recuerdo de sufrimientos antiguos, y que suean por obtener venganza. Las comunidades cuando sienten su “tribu” amenazada pueden tender a convertirse en agentes de grandes masacres.

Se descubre as, un importante factor que debe ser considerado a la hora de analizar el fenmeno de la guerra y la posibilidad de la paz. Se trata del deseo de la identidad. Ya de alguna manera Juan XXIII lo haba insinuado cuando se refera en su Encclica al trato de las minoras.

Segn el novelista libans Amin Maalouf, la identidad est hecha de mltiples pertenencias, pero ella es una y nosotros la vivimos como un todo. No es una yuxtaposicin de pertenencias autnomas, no es un patchwork; es un diseo sobre una piel estirada: basta que una sola pertenencia venga tocada para que toda la persona se ponga a vibrar.

Existe la tendencia a reconocerse en la pertenencia ms ligada (color, religin, lengua, clase social), a defenderla. As, ella invade la entera identidad. Aquellos que la comparten se siente solidarios, se renen, se movilizan, se arman de valor o miedo. Afirmar la propia identidad llega a ser un acto de coraje.

En la actualidad prevalece una concepcin tribal de la identidad, una identidad homicida que reduce la identidad a una sola pertenencia y radica a los hombres en una actitud parcial, sectaria, intolerante dominadora, suicida. Cada uno de nosotros debera ser animado a asumir la propia diversidad, a concebir la propia identidad como la suma de sus diversas pertenencias, en vez de confundirla con una sola, erigida como pertenencia suprema y un instrumento de exclusin y de guerra. Debemos procurar que la pertenencia a la comunidad humana adquiera ms importancia, hasta llegar un da a ser la pertenencia principal, sin cancelar por esto las mltiples pertenencias particulares.

La revista Seminarium Bogotense orienta esta vez su atencin y reflexin entorno a la pedagoga para la paz. Educar para reconocer y respetar las diferencias, las diversas identidades, requiere una apuesta a crear nuevos estilos pedaggicos, atrevernos a restablecer, como lo anhelaba Juan XXIII, nuevas relaciones de convivencia. Agradecemos a nuestros autores invitados y saludamos a nuestros lectores.

Germn Medina Acosta.