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Alfonso Rincn Gonzlez. Pbro.

l es nuestra paz

Felices los artesanos de la paz, porque sern llamados hijos de Dios. Esta es una de las bienaventuranzas que con ms vigor Jess pronunci desde la montaa, en ese discurso que produjo despus un arrollador seguimiento. Construir la paz, hacerla, es una actividad que otorga la felicidad y que establece con Dios una especial relacin filial. La noticia de la paz est en la obertura de la vida de Jess: es el mensaje universal proclamado por las voces celestiales para anunciar su nacimiento a los pobres y a los sencillos. Vino a evangelizar la paz (Ef 2,17) y con su presencia irrumpi el reino de los cielos, que lleva consigo la reconciliacin con Dios y una nueva ordenacin de las relaciones interhumanas. La paz est en su boca como saludo, como invitacin, como ofrecimiento de perdn, como la mejor ddiva a sus amigos, como tarea para los apstoles enviados a transmitirla. Despus de pasar haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el mal, muri en la cruz entre palabras de perdn. Con su muerte y por su cruz destruy el muro de separacin, la enemistad entre judos y gentiles; vino a anunciar la paz: paz a los que estaban lejos y paz a los que estaban cerca. Porque l es nuestra paz ya no puede haber ni judos, ni gentiles, ni hombre ni mujer, ni esclavos ni libres, sino una nueva creatura en Jesucristo. El fruto de su resurreccin es la paz. Esta ser una palabra clave para describir en general el contenido y la finalidad de la predicacin cristiana y siempre estar en relacin con el amor y con la gracia y en radical oposicin a la muerte. Procede de Dios, de Cristo. Es l quien la da, no al estilo del mundo, como una tregua provechosa, basada en el equilibrio de fuerzas, en las armas y en el miedo, sino como un don gratuito que se acoge con espritu de infancia y que lleva a crear y mantener un estado de concordia y a vivir en paz unos con otros, teniendo unos mismos sentimientos que se fundamentan en la justicia.

Felices los pies del que anuncia la paz

El mensaje fue acogido y vivido de mltiples formas por los discpulos de Jess. La historia que, por fortuna, no es exclusivamente la de los vencedores ha recogido su testimonio. Muchas comunidades cristianas y familias religiosas de hombres y mujeres, con el genio de la fe, se hicieron intrpretes en diferentes circunstancias culturales del anuncio de paz del Maestro, y, cercanos a Jess y en constante movimiento, han sabido escuchar la voz del mundo y se han comprometido con la proclamacin y la oferta de la paz mesinica.

En ese misma lnea se inscribe hoy el sacerdote y proyecta su ministerio. El contexto de nuestro pas y del mundo reclama una Iglesia constructora de la paz, unos sacerdotes felices de ser poetas de la paz, para quienes sta no slo es un objetivo sino el nico y exclusivo mtodo. Al escoger la Iglesia de Bogot la parbola del Buen Samaritano como gua y fermento de su accin pastoral ha subrayado lo central del mensaje evanglico. El buen Samaritano es constructor de paz porque su actitud fundamental es la de abrirse al otro, es el rechazo de todo tipo de exclusin, es convertirse en factor de reconciliacin en medio de una sociedad herida por brotes y gestos de odio, de indiferencia, de violencia en el lenguaje y en los hechos, en los comportamientos y en actitudes cotidianas de discriminacin y rechazo. Buen Samaritano es el que sabe derramar ungento en las heridas para sanarlas, es el que toma sobre s las miserias de los dems con un espritu de libertad y de gozo. No pasa de largo, se niega a ello; no se esconde como el avestruz para no mirar la miseria y la injusticia. Sabe dar de lo suyo, con largueza y generosidad, a sabiendas de las estrecheces propias; tumba las barreras que dividen y hace ms ntimos los lazos de amor mutuo; usa de comprensin frente al otro y perdona a quien le ha hecho dao. Sus palabras, compasivas, solo revelan la fascinacin del evangelio del amor y la filantropa de Dios.

Ser artesano de la paz exige, en el espritu de Evangelio y de la Encclica “Pacem in Terris” restablecer las relaciones de la vida en sociedad sobre las bases de la verdad, de la justicia, del amor y de la libertad. Para ello el cristiano y sin duda el sacerdote tienen que estar llenos del espritu de las bienaventuranzas. No se puede atraer a otros a la paz a menos de poseerla internamente; y si la fuerza impulsora de toda accin humana es el deseo de felicidad, nadie puede ser feliz sin tener la paz Mas, para conseguirla cada uno tiene que hacer su propio camino, seguir una senda virgen, recorrer un proceso de asimilacin del mensaje que le permita cambiar radicalmente el sentido de la rotacin personal: antes los otros giraban en torno al yo, ahora es el yo el que gira en torno a los otros. Y tal cambio slo es posible por la accin de Dios en el interior de cada uno, pues finalmente la paz es un don de Aquel.

Hacia la paz, por la belleza y el gozo

El sacerdote, artfice de paz, tiene que buscar los espacios que faciliten la gestacin de la paz. La paz como armona, como goce de la belleza y la fraternidad. La paz, como tarea y como compromiso de toda la persona y de toda la vida, para un servicio que reclama todas las fuerzas del individuo y que polariza toda su energa y su deseo. Es en el encuentro de Dios como belleza donde podemos vislumbrar nuevos horizontes para construir la paz. Y tambin en la fiesta. Esta es una dimensin de la paz. Hay que construirla con la experiencia de la gratuidad, del gozo que se halla en la existencia misma, en el instante irrepetible y pasajero, lo cual no excluye los necesarios compromisos histricos que hay que asumir. A travs de la fiesta y la belleza, del arte y de la msica, tenemos que ser capaces de revivir nuestro pasado y de exorcizar sus fantasmas, de actualizar nuestros temores y encantos, y de anticipar el porvenir, evocndolo y crendolo a travs de los aspectos estticos, emotivos y simblicos de la vida humana, del juego y de la celebracin. Sin fiesta, sin fantasa, sin juego, no podemos histricamente ser artesanos de la paz. Una lucha por la paz, por el respeto del otro, por la comunin, por el dilogo, por el cumplimiento de los compromisos no es tanto un problema de estructuras como de personas. Producir gestos de paz slo lo pueden hacer espritus y corazones transformados por la ternura y el amor de Dios.

Alabad al Seor, que la msica es buena!

As canta jubiloso el salmista. El sabe que la msica es un murmullo que serena el alma, que arrulla a los nios, que une a los amantes y una experiencia que vincula con Dios y con el mundo. Ante sus notas huyen la envidia, el desamor y el odio y cualquier pena que aflija el corazn. La codicia, el miedo y la aspereza se alejan; y con ellas, se marcha la tristeza.

Seor, que su lenguaje inspire nuestras vidas!

Que sea armona, dilogo de voces fraternales; que sea concierto de propsitos y planes; que sea sinfona de gozos y esperanzas.

Seor, permtenos reencontrar en la belleza, en la msica y el arte
el lenguaje de la fraternidad, y acariciar de nuevo la paloma que trae y anuncia la paz.

Sabemos hoy, al contemplar Colombia, el Medio Oriente, Chechenia, Afganistn, Cachemira, Somalia, Etiopa, Sierra Leona, Irak y otros pueblos que golpean el corazn de los humanos, que, en palabras de Alberti:

De todas las palomas hay una que se fue por el mundo.
Todava sigue girando alrededor del sol
Al comps de la tierra.
Vuelo sin dueo, siempre amenazado.
Volver alguna vez
al viejo palomar de donde sali un da?

La esperamos con ansia, la buscamos en el horizonte. Queremos ser su palomar y su morada.

Seor, las notas en los pentagramas han conservado los sonidos de tu paz y recogieron el anhelo de quienes, una noche, cantaron la esperanza:

Gloria a Dios en las alturas
y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!

Ese deseo ha sido recogido por los monjes en el canto de las abadas, se expresa en la pausada cancin del despertar del Lama; ha sido proclamado a los cuatro vientos por Francisco de Ass, el juglar de Dios, por Gandi, Manch, Martn Luther King, Albert Schweitzer, Teresa de Calcuta, Juan XXIII, Juan Pablo II, e innumerables hombres y mujeres annimos que han sembrado caminos de justicia. Tambin los lderes de todas las religiones, en los duros y horrorosos acontecimientos que el mundo ha vivido en estos pasados das, han exorcizado para siempre la guerra de su seno y entonan el mensaje de la paz. Nada tiene que ver Marte, el dios de la guerra, con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de nuestro Seor Jesucristo, el que hace salir el sol sobre justos e injustos y llover sobre buenos y malos. En su mensaje del 1 de enero de 2000, deca Juan Pablo II que, frente al escenario de guerra del siglo XX, el honor de la humanidad ha sido salvado por los que han hablado y trabajado en nombre de la paz.

A lo largo de los siglos, el canto de los ngeles fue, adems, recogido por Vivaldi, Poulenc, Mozart, Bach, Palestrina y Reger; por Britten, Stravisnky y Schoenberg; por Jos De Cascante, Herrera, Zuleta, Zumaqu y muchos artistas y compositores colombianos y de nuestra Amrica; por Messiaen, Penderecki, y Bernstein; por Haendel y las liturgias de todos los cultos y de todos los pueblos y culturas; por Motetes, Requiem, Te Deum, oratorios, operas y negro espirituales; tambin folclor, tambores y flautas, trompetas, platillos y violines, arpa, canciones y poemas han transmitido y siguen transmitiendo su mensaje. A la paz la cortejaron con cario hombres y mujeres audaces que con la palabra y la msica bendicen a quienes le hacen la guerra a la muerte, por la vida; y no a los hombres, por las banderas.

Seor, Haznos un instrumento de tu paz

Seor, los sacerdotes del futuro deseamos que nuestro pas sea un mundo en donde cante el alma, donde las palomas desplieguen sus alas y las palmeras se estremezcan con la brisa; donde el agua corra por los riachuelos con el solo susurro de un colibr.

Ensanos a construir un pas en donde el alma cante; donde las casas hablen de poesa y no de miseria y de tristeza. Un pas donde la paz reine, y donde hombres y mujeres compartan la tierra y el trabajo. Que, tras tiempos de sombra, una nueva alianza nazca, precedida de un arco iris diseado por millares de pjaros y felices palomas. Que el otro, como buen samaritano, me tienda su mano de hermano, y yo, como l, unja y cure sus heridas. Que cuando hable, sean palabras de paz y de amor las que llenen mis labios.

Que la paz no sea solo ausencia de conflicto o de palabras y gestos ofensivos, sino capacidad de perdonar y renunciar a la venganza; que sea fruto de alianzas duraderas y sinceras; que por todas partes se escuchen expresiones de amor y palabras de paz.

Que la patria sea una llanura donde la paz borre las ruinas, un valle de rboles perfumados en donde el agua hable con palabras hmedas que apaguen el fuego, y que queden atrs el hierro y el furor de los combates.

Seor, te pedimos que el ministerio nuestro, de manera incansable, trabaje para que las voluntades se dispongan a la reconciliacin, los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano y los pueblos busquen la unin. Que el perdn venza al odio y la indulgencia a la venganza. Que convirtamos las espadas en arados y las lanzas en pentagramas. Que el amor y la verdad se den cita, y que se besen la paz y la justicia.

Que nuestras palabras, como instrumentos musicales, sin pausa, interpreten el poema de la paz. Que sepamos luchar incansablemente contra una cultura que rinda culto a la violencia y aprendamos a vivir en la diferencia. Que la religin no sea jams pretexto para la violencia.

Que no descansemos, porque nuestro trabajo no tiene reposo. Sabemos, Seor, que mientras dure nuestra peregrinacin, como lo escribi Len Felipe, no hay tierra ni estrellas prometidas. Lo sabemos, Seor, lo sabemos, y seguimos contigo trabajando. Seor, haznos un instrumento de tu paz.