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POR UN NUEVO AMANECER DEL PRESBITERIO

«No cedais al desaliento.
Nuestra obra no es nuestra, sino de Dios.
Él que nos ha llamado y nos ha enviado
sigue junto a nosotros todos los días de nuestra vida,
ya que nosotros actuamos por mandato de Cristo»

JUAN PABLO II, PDV 4

P. Germán Medina

Estimados hermanos:

Todos nosotros somos conscientes de la situación delicada en la que se halla, no sólo nuestra Iglesia Particular de Bogotá, sino toda la Iglesia en el mundo. Es muy hondo el dolor que nos causa la contradictoria situación de sacerdotes acusados de desórdenes y abusos; la mirada de no pocas personas respecto del sacerdote, se ha cargado de desconfianza y sospecha; un número preocupante de católicos huyen de la “casa materna” -la Iglesia- para explorar las ofertas de nuevos movimientos religiosos y sectas; el hombre y su mundo están cambiando con celeridad.

«No cedáis al desaliento”, nos decía Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis, Carta Magna de la formación sacerdotal. Al iniciar mi tarea como rector del Seminario y la animación del servicio de corresponsabilidad y comunión entre nosotros, quiero renovar mi total confianza en la fidelidad de Dios a su promesa. Él nos acompaña en la grave responsabilidad de cooperar con su llamada, de contribuir a crear y a mantener las condiciones en las cuales “la buena semilla, que Él ha sembrado, ponga raíces y dé frutos abundantes (cf PDV 4).

A los formadores, nos corresponde ayudar a discernir la verdad de la llamada de Dios y a corresponderle con generosidad. Se trata de una responsabilidad compartida, en equipo. Existen dos categorías derivadas de la eclesiología del Vaticano II que permiten comprender este “ser equipo” y el modo de cumplir con nuestra misión: la colegialidad y la sinodalidad. Somos miembros del mismo presbiterio destinados a velar por la formación de los candidatos al presbiterado, y, como tales, a caminar juntos.

Hace cerca de cinco años que tuve la oportunidad de participar en uno de los encuentros que el CELAM programa para la formación de los formadores de seminarios; allí me impresionó mucho constatar que se estaba verificando un desplazamiento en cuanto al centro de interés en la formación sacerdotal se refería: de la preocupación por la identidad del sacerdote y por el  itinerario formativo, se pasaba  a la preocupación y  cuidado del equipo de formadores. “Si el equipo de formadores está bien, la propuesta formativa será buena y tendremos los sacerdotes que necesitamos”, se decía. Hoy pienso que se trata de tres acentos clave en la formación sacerdotal que no se pueden excluir: el perfil sacerdotal, la propuesta formativa y el equipo que la acompaña.

Nuestro Arzobispo nos está pidiendo una verificación del proceso formativo que actualmente desarrollamos. Es una oportunidad hermosa, no sólo para sistematizar nuestra experiencia y práctica formativas -nutridas por la enseñanza de la Iglesia respecto de la formación de los presbíteros-, sino para que, como fruto del discernimiento, con fidelidad e imaginación creadoras, propongamos nuevos modos de formación, que respondan más adecuadamente a las condiciones de los jóvenes que nos llegan y a los desafíos del tiempo presente. Benedicto XVI, en su reciente Carta a los Seminaristas y en su Exhortación apostólica Verbum Domini, propone referentes actualizados.

La fe en el Señor, las bendiciones que trae consigo la presencia y el ministerio del nuevo Arzobispo y la calidad de nuestra respuesta, nos permitan contribuir para que despunte, en nuestra Arquidiócesis, un nuevo amanecer del presbiterio.

Germán Medina Acosta, Pbro.