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SEMINARIO CONCILIAR DE BOGOTA

Grados Académicos 2009

Bachillerato en Teología

Mons. Luis Augusto Campos Flórez
Rector
23 de febrero de 2009

La invitación neotestamentaria que urge al creyente a dar razones de su fe y de su esperanza[1] conoce una diversidad de maneras de realizarse, de acuerdo con la comprensión que se tenga de los dos términos en cuestión, a saber, “fe” y “dar razón”.

Lo primero que parece subrayarse en la exhortación bíblica es la exigencia de diálogo por la cual el creyente queda irremediablemente expuesto a la confrontación con quienes, “desde afuera”, lo interrogan, lo cuestionan, lo deslegitiman y descalifican o quienes quisieran encontrar en él un interlocutor válido para pensar juntos el misterio de la existencia humana y todos los problemas, teóricos y prácticos, que le son anejos.

Sin embargo, un trabajo previo se impone al creyente que quiera asumir de manera crítica su fe y dar razón de ella: él debe adentrarse en la “razón interna” del creer lo que significa profundizar la racionalidad propia de la fe.

A decir verdad, el término racionalidad es complejo, pues el trabajo de la razón se manifiesta de múltiples formas, implicando, además del orden del conocimiento, también el de la acción. Desde el primer punto de vista, es decir el cognitivo, la pluralidad del saber racional da lugar a distintas expresiones de la racionalidad humana: así, por ejemplo, se habla de la racionalidad científica formal y empírico-formal, de la racionalidad hermenéutica y de la racionalidad filosófica, de corte analítico o de tipo especulativo. A cada una de estas formas de racionalidad cognitiva corresponde una forma racionalidad práctica, que va de los modelos de acción económica y empírica, hasta las visiones globales de la existencia histórica y del comportamiento individual, pasando por las diferentes formas de praxis política, histórica, social. Con este complejo y plural universo de la racionalidad humana, cognitiva y práctica, tiene que confrontarse la fe, poseedora, a su vez, de una racionalidad propia y específica.

Haciendo eco a las valiosas indicaciones del filósofo y creyente Jean Ladrière, la reflexión acerca de la racionalidad de la fe comporta una doble consideración[2]. En primer lugar, se necesita establecer si hay en la existencia humana una estructura en la cual la fe, la vida según la fe, la vida propuesta por la fe o la fe misma como experiencia, pueda inserirse. Dicho en otros términos, se trata de establecer si hay en la existencia humana una estructura de receptividad de la fe o un “lugar” para la fe. De ser así,  la fe es sería vista como verdaderamente posible, de acuerdo con la estructura misma de la existencia humana. En segundo lugar, además de escrutar dicha estructura humana de inserción de la fe, habrá que esclarecer si existe en el ser humano algo así como una expectativa o, más precisamente, como una espera, que corresponda a la forma de vida específica que la fe propone. Si esto se llega a cumplir, la fe aparecerá como una respuesta al anhelo mismo de la existencia humana, más aún, como el cumplimiento del ser del hombre.

Así pues, un doble nivel de inteligibilidad, es decir de racionalidad, se le puede reconocer a la fe, en la medida en que ésta puede ser comprendida como la correspondencia a una posibilidad inscrita en la estructura misma de la existencia y como la respuesta a una espera que habita el corazón del hombre.

Esta doble consideración supone contemporáneamente en el creyente, un trabajo de discernimiento acerca del contenido mismo de la fe, de modo que se logre establecer en qué medida en la predicación y en la persona de Jesucristo se halla la respuesta a la espera del corazón humano.

Pienso que por estas sendas ha de transcurrir el trabajo creyente y teológico que se ha de adelantar en una casa de formación como la nuestra.

Primera senda. Nos corresponde ahondar en el conocimiento y en la comprensión de la compleja realidad humana, pues ella es portadora de unas estructuras de acogida de aquello singular que la fe cristiana anuncia y comunica.

Es claro que acoger la fe no equivale a producir la fe. Más aún, el recibir implica la posibilidad de reaccionar, de una u otra manera, frente a aquello que es ofrecido.

Se impone aquí un breve “análisis existencial”. Existir significa, en primer lugar, apertura radical de la persona, a través del rico universo de relaciones que ella sostiene con la naturaleza, con los otros, con la historia y sus instituciones, con la cultura, con el universo simbólico donde se articulan las significaciones y con lo real en su conjunto. Pero, en segundo lugar, existir significa también saberse exigido a cumplir una tarea, es decir, a asumir por cuenta propia el dinamismo de construcción que atraviesa el mundo en sus dimensiones cósmicas e histórico-culturales. Es válido afirmar que, en cierto modo, la existencia humana se halla separada de sí misma por el hecho de no estar completamente hecha. La existencia humana debe hacerse a sí misma, ella es exigencia de autodeterminación, ella debe conferirse a sí misma su cualidad. Dicho en otros términos, es posible distinguir en la existencia humana entre el ser efectivo y el ser anunciado, el cual depende de sus iniciativas y de su acción. Por ello, la existencia humana es “por-venir”, pues ella debe darse a sí misma la figura de su cumplimiento. Aquí precisamente, donde la existencia es convocada delante de la tarea de buscar su propio cumplimiento, es donde la fe cristiana se inserta y donde ella puede afectar radicalmente la existencia humana. Esto quiere decir que los lugares de acogida de la fe tienen que ver, especialmente, con las experiencias de libertad en las cuales la existencia humana se hace responsable de ella misma.

¿Cómo no reconocer en esta senda, donde fe cristiana y libertad humana se encuentran, un camino que debe ser urgentemente recorrido por el creyente, particularmente por aquel que, como el ministro ordenado, está llamado a ser “testigo y maestro de la fe”? ¿Cómo no hacer que el estudio teológico se enriquezca con una sensibilización creciente respecto del valor de la libertad humana y del significado de tantos esfuerzos de liberación desencadenados por el espíritu humano? ¿Cómo no aprovechar la investigación teológica para ahondar en la comprensión del potencial liberador del Evangelio de Jesucristo?

Segunda senda. Todo análisis de la tarea que la existencia es para sí misma lleva a constatar que ella va siempre más allá de toda determinación, que en ninguna situación particular encuentra su pleno cumplimiento, que ella es deseo radical abierto hacia el horizonte total de la realidad, especialmente hacia universo personal, que es el orden de la comunicación y del encuentro. La existencia humana aspira a un encuentro plenificante, en la medida de su espera y según la amplitud inmensa de su deseo. Así pues, la existencia humana es fundamentalmente esperanza, siempre confrontada a tantas limitaciones y contradicciones que muestran la imposibilidad de un total auto-cumplimiento de la vida.

La fe cristiana anuncia y comunica un don de amor y una gracia de salvación que no sólo son socorro para la limitación humana, sino que constituyen la posibilidad de cumplimiento de la existencia humana, según su dignísima vocación filial en Jesucristo.

La reflexión teológica adelantada en el Seminario ha de profundizar nuestro conocimiento y ha de agudizar nuestra capacidad de interpretación de las esperas, expectativas y esperanzas que acompañan a nuestros hermanos, destinatarios del “sí” que, en Jesucristo, Dios pronuncia a sus promesas de vida.

Tercera senda. El Evangelio es un universo de signos del que hacen parte ciertos acontecimientos extraordinarios, las palabras y los actos de Cristo, su misma persona, con su especial evento de manifestación, su cruz y resurrección y el envío del Espíritu prometido, Espíritu de verdad quien muestra precisamente el sentido de todo este mundo de signos. Cristo mismo muestra la autenticidad de su ser mesiánico a través de signos de liberación, que indican que el Reino está presente en él y a través de sus obras.

También la fe cristiana muestra su autenticidad a través de “signos” que, al tener que ver con la finalidad última de la existencia humana, muestran aquello que hace razonable el creer. Si bien es cierto que la exigencia de dar razón de sí misma coloca a la fe en una situación de exposición y de confrontación, también es cierto que la fe cristiana comporta su propia inteligibilidad ya que ella se deja aprehender según una luz propia.

Por ello, la reflexión teológica ha de ayudarnos a escrutar los innumerables signos que indican que en el misterio de Jesucristo el corazón humano halla el cumplimiento de su esperanza.

Quisiera hacer de esta reflexión, propuesta en el marco de esta ceremonia de graduación, una invitación a todos los miembros de la comunidad del Seminario para adelantar una reflexión teológica rigurosa, impulsados por un intenso ardor evangelizador y por la firme convicción de que la fe cristiana es urgente en la cultura de hoy por la relación intrínseca que tiene con la exigencia de libertad y con la esperanza que habita el corazón humano.

Agradezco sinceramente, en nombre de la comunidad educativa del Seminario Conciliar de Bogotá, todo el apoyo recibido de parte de la Pontificia Universidad Javeriana, a través de la facultad de Teología.

Felicito a los graduandos, a quienes invito a proseguir su reflexión teológica en el nuevo contexto pastoral en el que se encuentran actualmente.

Animo a la comunidad del Seminario a proseguir la formación sin ahorrarse en el compromiso de dedicación y de búsqueda de profundidad para poder asegurar así un lúcido testimonio creyente en la sociedad de hoy.

Gracias.

Mons. Luis Augusto Campos Flórez

Rector

23 de febrero de 2009




[1] 1 Pedro 3,15

[2] Cf. Jean Ladrière, « Foi et rationalité », La foi chrétienne et le Destin de la raison, Les Éditions du Cerf, Paris, 2004, p. 79-135.